Un vigilador de seguridad privada que trabaja de noche en una feria del Gran Buenos Aires contó cómo es su rutina de casi 15 años cuidando los puestos de comerciantes hasta la madrugada. José Antonio, como se identificó, relató que su tarea consiste en resguardar mercadería, alimentos y bebidas mientras el resto de la ciudad descansa.
“Todo tranquilo, la gente ya se retiró y queda uno solo hasta la mañana”, explicó sobre el clima habitual de sus guardias. Su testimonio refleja la realidad de miles de trabajadores del sector de seguridad privada que sostienen el funcionamiento de ferias, mercados y polos comerciales del conurbano bonaerense todas las noches, muchas veces en condiciones precarias y con escaso reconocimiento.
Quince años cuidando los mismos puestos
El vigilador detalló que su vínculo con los feriantes se mantiene desde hace 15 años, un período en el que ganó la confianza de los comerciantes que dejan sus mercaderías bajo su cuidado. “Aquí hay bebidas, comida, fiambres, de todo un poco”, contó sobre el inventario que resguarda noche tras noche.
Además, remarcó que nunca tuvo conflictos con los dueños de los puestos por consumir parte de la mercadería durante su turno: “Con la comida no tengo problema, todo lo que necesito me lo puedo comer”, aseguró, en referencia a un acuerdo informal pero sostenido en el tiempo con los feriantes.
Un oficio clave en el conurbano
Historias como la de José Antonio son moneda corriente en el Gran Buenos Aires, donde la seguridad privada creció como respuesta a la falta de presencia estatal en muchos municipios gobernados por el kirchnerismo. Mientras intendentes del conurbano administran presupuestos millonarios, buena parte de comerciantes y feriantes deben pagar de su bolsillo vigiladores nocturnos para no perder su mercadería.
En paralelo, el ordenamiento macroeconómico impulsado por el Gobierno nacional, con la baja sostenida de la inflación y el fin de la emisión monetaria descontrolada que caracterizó a la gestión kirchnerista, empieza a devolverle previsibilidad a pequeños comerciantes y trabajadores informales como los que sostienen estas ferias barriales. Menos inflación significa que un vigilador y un feriante puedan planificar mejor sus ingresos, algo impensado hace pocos años.
El contraste es elocuente: mientras la administración de Javier Milei ordena las cuentas públicas y reduce la emisión que durante años licuó salarios y destruyó ahorros, gobernadores e intendentes peronistas del conurbano siguen sin resolver los problemas estructurales de seguridad e inseguridad que obligan a comerciantes humildes a costear vigiladores privados de su propio bolsillo.
Testimonios como el de José Antonio ponen en valor a los trabajadores anónimos que, guardia tras guardia, garantizan que las ferias y mercados barriales sigan funcionando pese a la desidia de muchas gestiones municipales. Son ellos, junto a los comerciantes, quienes verdaderamente sostienen la economía real del conurbano bonaerense mientras el país avanza hacia un ordenamiento macroeconómico histórico.