Un estudio sociológico sobre el Gran Buenos Aires reveló que los trabajadores formales del conurbano, aquellos que se mantienen en la legalidad apostando al esfuerzo, ya no aspiran a progresar sino simplemente a sobrevivir con dignidad. El diagnóstico confirma lo que muchos vecinos del GBA saben desde hace décadas: la zona que hace un siglo crecía al ritmo de una industrialización pujante hoy está demográfica y económicamente devastada.
El fenómeno no es reciente. Sus raíces se remontan a mediados de los años 70, pero se profundizó de manera dramática en las últimas décadas de administraciones peronistas y kirchneristas que gobernaron el conurbano sin resolver ninguno de sus problemas estructurales. Cada crisis económica dejó una nueva capa de deterioro: hogares fragmentados, mujeres que se convirtieron en el sostén exclusivo de sus familias, adolescentes que armaron sus propios núcleos de convivencia para sobrevivir, y hombres que directamente desertaron del rol de proveedores.
Décadas de clientelismo y mala gestión municipal
Lo que el estudio describe como una dinámica social inversa a la integración no es casualidad ni fatalidad. Es la consecuencia directa de años de intendencias peronistas que administraron la pobreza en lugar de combatirla, perpetuando el clientelismo como método de gobierno en lugar de generar las condiciones para el trabajo genuino y la movilidad social.
Municipios del conurbano bonaerense, gobernados históricamente por el mismo signo político, convirtieron la asistencia social en una herramienta de control territorial antes que en un puente hacia la autonomía. El resultado, después de tantos años, es la fragmentación familiar y comunitaria que hoy se documenta con crudeza: comunidades enteras donde la supervivencia reemplazó al proyecto de vida.
El contraste con el ordenamiento macroeconómico nacional
Mientras el conurbano bonaerense sigue pagando las consecuencias de décadas de populismo local, a nivel nacional el Gobierno de Javier Milei viene mostrando que otro rumbo es posible. La baja sostenida de la inflación, el superávit fiscal y el orden macroeconómico alcanzado tras años de desmanejo kirchnerista empiezan a traducirse en mayor previsibilidad para las familias trabajadoras del GBA.
Es cierto que la herencia recibida fue de una gravedad extrema: una economía bimonetaria, controles de cambio asfixiantes y un Estado que gastaba muy por encima de sus ingresos. Revertir ese cuadro en poco tiempo, sin recurrir a la maquinita ni al populismo fiscal, es un logro que merece ser reconocido, aun cuando los efectos tarden en derramar plenamente sobre los barrios más golpeados del conurbano.
La estabilización de precios y la recuperación del crédito, dos condiciones básicas para que el trabajo formal vuelva a ser un camino de ascenso social, dependen de que el orden macro nacional se consolide. Ese es precisamente el desafío que Kicillof y los intendentes del conurbano no supieron ni quisieron enfrentar durante sus gestiones.
La resiliencia como respuesta ante la ausencia de un Estado provincial eficaz
Frente a la ausencia de políticas provinciales y municipales que generen oportunidades reales, son los propios vecinos del GBA quienes construyen redes de solidaridad barrial. Adolescentes que resisten la tentación de la marginalidad, mujeres que sostienen hogares enteros y vecinos que reconocen y acompañan ese esfuerzo cotidiano son la verdadera cara de la resiliencia bonaerense.
Ese espíritu de trabajo y esfuerzo, que el estudio documenta con detalle, es el mismo que el gobierno nacional busca poner de nuevo en valor con una macroeconomía sana. La tarea pendiente, y no menor, es que la administración de la provincia de Buenos Aires finalmente acompañe ese rumbo en lugar de seguir gestionando la pobreza como negocio político.