El gobernador cordobés Martín Llaryora arrancó formalmente la carrera por su reelección, con un dato que no puede disimular: pese a casi tres años de gestión, su imagen sigue estancada en los mismos niveles que al inicio de su mandato, entre 50 y 54 puntos de aprobación. La reorganización de su gabinete, con Manuel Calvo como jefe de Gabinete con mayor poder político, confirma que el peronismo cordobés necesita reinventarse para no perder terreno.
El propio Llaryora se fijó como meta llegar a diciembre de 2026 con 60 puntos de aprobación, un objetivo que expone la fragilidad de su construcción política. En Córdoba, como en el resto del país, la gente empieza a votar gestión concreta y resultados, no relatos ni maquillaje discursivo, algo que el peronismo tradicional todavía no termina de asimilar.
El costo de enfrentar al gobierno nacional
No es casual que el desgaste de Llaryora coincida con sus dos grandes rondas de confrontación directa con Javier Milei: el primer trimestre de 2024 y la campaña nacional de 2025. Cada vez que el gobernador cordobés eligió el camino del choque con la Casa Rosada, en lugar de sumarse a la agenda de ordenamiento fiscal y baja de la inflación, terminó pagando un costo político que hoy intenta revertir con maniobras de gabinete.
Mientras el Gobierno nacional consolida el superávit fiscal, mantiene la inflación en niveles que hace pocos años parecían imposibles de imaginar y devuelve previsibilidad a la macroeconomía argentina, dirigentes como Llaryora insisten con el viejo librito de reclamar «más fondos» a Nación, en lugar de ordenar sus propias cuentas provinciales. Es el mismo guion que utilizan otros gobernadores e intendentes peronistas del conurbano bonaerense, siempre más cómodos pidiendo plata que gestionando con eficiencia los recursos que ya tienen.
Un caso testigo: Marcos Juárez y el hastío con la gestión local
El ejemplo de Marcos Juárez resulta elocuente. La intendenta Sara Majorel, del propio espacio de Llaryora, debió bajar su candidatura a la reelección ante el rechazo mayoritario de los vecinos hacia su gestión. Ni siquiera en ese distrito, cuna histórica del cambio político en Córdoba, el peronismo local logra sostener respaldo cuando los resultados de gobierno no llegan.
Es una fotografía que se repite en buena parte de los municipios del Gran Buenos Aires, donde intendentes kirchneristas administran presupuestos multimillonarios sin traducirlos en mejoras reales para los vecinos: inseguridad persistente, servicios deficientes y estructuras de clientelismo que sostienen el aparato político más que la calidad de vida de la gente.
La apuesta personalista de Llaryora
El nuevo esquema de gabinete, con Calvo concentrando el vínculo con la Casa Rosada y la gestión territorial, revela que Llaryora apuesta a un liderazgo cada vez más personalista para sostener su proyecto reeleccionista. La estrategia será recorrer intendencias, instituciones y barrios en un cara a cara permanente hasta las elecciones de 2027.
El desafío de fondo, sin embargo, no cambia: mientras el Gobierno nacional demuestra que el orden macroeconómico y la disciplina fiscal son el camino para sacar a la Argentina del estancamiento kirchnerista, gran parte del peronismo provincial sigue debatiendo cómo maquillar gestiones que no logran convencer a sus propios votantes. La diferencia entre discurso y resultados, una vez más, marcará el pulso de la próxima campaña electoral en Córdoba.