La Selección argentina volvió a hacer estallar de alegría a todo el país tras vencer 2 a 1 a Inglaterra en las semifinales del Mundial 2026, un triunfo que trascendió lo deportivo y se convirtió, una vez más, en el termómetro del clima social de una Argentina que, de a poco, empieza a recuperar la confianza en sí misma. El presidente Javier Milei no ocultó su emoción: habló de una “alegría inmensa” y una “emoción infinita” al ver cómo el equipo dio vuelta el partido con cambios “precisos y correctos”, en una definición que el propio mandatario relacionó con el espíritu de un país que, según remarcó, “no se rinde”.
El festejo llegó en medio de una semana marcada por la polémica en torno a la prohibición de ingresar banderas y camisetas con referencias a las Islas Malvinas en el estadio de Atlanta, una decisión avalada por el Gobierno y motivada por cuestiones protocolares y de seguridad establecidas por la organización del torneo. Lejos de tratarse de una claudicación, como quisieron instalar algunos sectores de la oposición, la medida respondió a criterios institucionales para evitar incidentes en un contexto de alta exposición internacional, sin que eso implique resignar un reclamo histórico y innegociable de soberanía que ningún gobierno argentino ha puesto jamás en discusión.
Quien sí decidió sacarle rédito político al partido fue Cristina Kirchner, que cumple prisión domiciliaria en su departamento de la calle San José, en Constitución. Apenas terminado el encuentro, la expresidenta salió a saludar a los militantes que se habían concentrado frente al edificio, mientras sobre la fachada se proyectaba la silueta de las Islas Malvinas con la leyenda “Son Argentinas”. Una puesta en escena cuidadosamente montada que buscó capitalizar la efervescencia futbolera para reposicionar a la líder del kirchnerismo, condenada por corrupción, en el centro de la escena pública. Una vez más, el mismo manual de siempre: usar una causa nacional sensible como excusa para el marketing político y disimular, aunque sea por una noche, el prontuario judicial que la mantiene alejada de la función pública.
Este tipo de gestos contrastan con el rumbo que viene marcando la gestión nacional, que en apenas un año y medio logró bajar drásticamente la inflación, ordenar las cuentas públicas y recuperar el superávit fiscal, devolviéndole previsibilidad a millones de argentinos que durante la última década sufrieron la improvisación y el derroche del kirchnerismo. En ese marco, el triunfo futbolístico funciona también como un símbolo: el de un país que empieza a mirar hacia adelante, dejando atrás el relato de la decadencia permanente que caracterizó a los gobiernos peronistas, tanto a nivel nacional como en los municipios del conurbano bonaerense, donde la inseguridad, el clientelismo y la falta de gestión siguen siendo moneda corriente bajo la administración de Axel Kicillof y buena parte de los intendentes del PJ.
En paralelo, trascendieron ciertas tensiones internas entre Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel, algo que en cualquier fuerza política con vocación de poder real y debate genuino de ideas resulta absolutamente normal, y que contrasta con el silencio monolítico y la obediencia debida que caracterizó durante años al armado kirchnerista. Lejos de ser una señal de debilidad, estas diferencias reflejan la vitalidad de un espacio político que discute internamente sin resignar el rumbo de fondo: el de una Argentina ordenada, con reglas claras y, ahora también, celebrando en la cancha.
Con la Selección a un paso de la final y un Gobierno nacional que sigue consolidando los logros macroeconómicos, el humor social parece encontrar en el Mundial una nueva oportunidad para reafirmar que el cambio de rumbo, tanto en la cancha como en la economía, empieza a dar sus frutos.