Un relevamiento del Instituto Periferias, que se adelanta al informe oficial del Indec, reveló que casi la mitad de los habitantes de barrios populares del país dejó de comer al menos un día entero por falta de dinero. El dato, sensible y doloroso, expone una fragilidad social que no se construyó de la noche a la mañana, sino que es la herencia directa de años de populismo económico, inflación descontrolada y planes sociales usados como moneda de cambio electoral.
Según el estudio, el 42,3% de los vecinos de estos barrios pasó un día completo sin comer por falta de recursos, mientras que el 83,7% reconoció haber sentido incertidumbre sobre si podría garantizar la comida en su hogar. A esto se suma un dato del Movimiento Evita CABA junto al Observatorio de Economía Popular (OEPSS-UBA): siete de cada diez hogares populares se endeudan para sostener gastos básicos como alimentos, salud y alquiler.
La herencia K que el Gobierno nacional está desarmando
Resulta imposible analizar estos números sin poner sobre la mesa el contexto: la Argentina que recibió Javier Milei tenía una inflación anual que superaba el 200%, un Estado quebrado y un sistema de asistencia social convertido en caja política del kirchnerismo. La pobreza estructural de los barrios populares del conurbano no es una novedad de esta gestión, sino el resultado de décadas de clientelismo y manejo discrecional de los planes sociales por parte de punteros y organizaciones afines al peronismo.
Lo que sí cambió en los últimos meses es la macroeconomía: la inflación mensual se desplomó a niveles que no se veían en años, el Gobierno mantiene el superávit fiscal como política de Estado y el dólar dejó de ser la obsesión diaria de los argentinos. Estos logros, sostenidos en el tiempo, son la única base real sobre la que puede reconstruirse el poder de compra de los sectores más vulnerables. La estabilización de arriba hacia abajo lleva tiempo, y nadie en el equipo económico lo niega: el propio Presidente reconoció que el próximo desafío es que el ordenamiento macro se sienta en el bolsillo de cada familia.
El conurbano bonaerense, un territorio abandonado por sus propios gobernantes
Mientras la Casa Rosada ordena las cuentas nacionales, buena parte de los municipios del Gran Buenos Aires siguen gestionados por intendentes peronistas que administran la pobreza en lugar de combatirla. El endeudamiento informal que describe el estudio del Evita, fuera del sistema bancario y con niveles de mora altísimos, florece justamente en los territorios donde el Estado municipal debería estar presente con políticas de inclusión financiera y no lo está.
Kicillof y buena parte de los jefes comunales del conurbano administran presupuestos millonarios en concepto de asistencia social, pero los resultados en los barrios populares siguen siendo alarmantes. La pregunta que pocos se hacen es a dónde van realmente esos fondos provinciales y municipales, en una provincia donde la inseguridad, el clientelismo en los comedores y la falta de controles son moneda corriente.
La salida de la pobreza estructural del conurbano no vendrá de más planes ni de más deuda informal, sino de trabajo genuino, inversión privada y un Estado provincial y municipal que deje de usar la necesidad de la gente como herramienta política. Eso es, precisamente, lo que el Gobierno nacional intenta corregir desde el nivel macro, mientras espera que los gobiernos locales del PJ bonaerense acompañen con gestión seria en lugar de discursos de victimización.