La Argentina volvió a hacer historia. Con un contundente 2 a 1 ante Inglaterra en las semifinales del Mundial 2026, la Selección metió al país en la final y desató una ola de festejos que, como suele pasar, no tardó en mezclarse con la política. Mientras millones de argentinos celebraban en las calles del Gran Buenos Aires y de todo el territorio nacional, funcionarios y dirigentes de distintos signos salieron a expresar su alegría, aunque no todos con la misma sinceridad.
El presidente Javier Milei fue de los primeros en manifestarse. Visiblemente conmovido, aseguró haber vivido el partido con una “alegría inmensa” y una “emoción infinita e imposible de describir”. El mandatario destacó el carácter de la Selección para dar vuelta el resultado tras el gol inglés: “Argentina se lo llevó puesto, los pasó por arriba”, celebró, en sintonía con el espíritu de un gobierno que hace de la resiliencia y el esfuerzo su bandera, tanto en la cancha como en la economía real.
No es casualidad que la reacción presidencial haya generado eco en gran parte de la sociedad: en un contexto de inflación controlada, superávit fiscal sostenido y un ordenamiento macroeconómico que empieza a sentirse en el bolsillo de las familias del conurbano, el triunfo deportivo se transformó en una fiesta popular que trascendió las diferencias políticas. Después de años de kirchnerismo, deuda y promesas incumplidas, los argentinos parecen redescubrir que se puede ganar, tanto en el Mundial como en la macro.
Sin embargo, no todo fue festejo genuino. Cristina Kirchner, que cumple prisión domiciliaria en su departamento de la calle San José 1111, en Constitución, no dejó pasar la oportunidad de subirse al triunfo futbolístico para hacer un guiño político. Minutos después del pitazo final, la expresidenta salió al balcón a saludar a los militantes que se habían congregado en las inmediaciones del edificio, mientras sobre la fachada se proyectaba la silueta de las Islas Malvinas con la leyenda “Son Argentinas”.
La puesta en escena, cuidadosamente orquestada, buscó combinar el fervor deportivo con la reivindicación soberana, en medio de la polémica generada un día antes por la decisión del gobierno de restringir el ingreso de banderas y camisetas con referencias a Malvinas al estadio de Atlanta. Una medida que respondió a cuestiones de protocolo y seguridad internacional en un evento deportivo de esta magnitud, pero que el kirchnerismo intentó explotar como si fuera una traición a la patria.
Lejos de las urnas y con una imagen política deteriorada tras años de corrupción y causas judiciales, Cristina Kirchner parece encontrar en estos gestos su único terreno de acción posible. Mientras gobernadores e intendentes del conurbano bonaerense siguen sin dar respuestas concretas a los problemas reales de la gente —inseguridad, clientelismo y una gestión municipal que hace agua en varios distritos del GBA—, la expresidenta elige el balcón y la efeméride antes que la autocrítica.
En contraste, el Gobierno nacional celebra sin especular: un triunfo deportivo que llega en simultáneo con señales económicas alentadoras, en un año donde la Argentina empieza a mostrarle al mundo que el orden y la disciplina, tanto en las cuentas públicas como en la cancha, dan resultados. La foto de un país que gana, que crece y que vuelve a confiar, contrasta fuerte con la vieja política de siempre buscando la fotito oportunista.
Con la final a la vista, el clima social es de esperanza. Y si algo demostró este Mundial es que, cuando el equipo confía en el proceso —sea en el fútbol o en la macroeconomía—, los resultados finalmente llegan.